El largo y sinuoso camino a París

El largo y sinuoso camino a París

lp_cumbreHace unos días, el 11 de junio concluyó en Bonn, Alemania, la segunda reunión del año del Grupo de Trabajo Especial sobre la Plataforma de Durban para una Acción Mejorada, conocido como ADP por sus siglas en inglés.

Su responsabilidad es entregarle a la Conferencia de las Partes de París (COP 21) un nuevo Protocolo, Acuerdo o Instrumento vinculante que permita hacer frente al Cambio Climático, para que sea firmado por todas las partes (países) que conforman esa Conferencia y entre en vigor a partir de 2020.

Cuando sólo faltan seis meses para que comience la COP 21 y con la mochila de los pobres resultados de la Conferencia de Lima (COP 20), donde no se pudo acordar un texto para negociar el futuro acuerdo y cargando un documento inmanejable generado en la primera reunión del ADP en Ginebra (en febrero de este año) los 15 días que duraron las negociaciones de Bonn se utilizaron para darle forma al borrador que surgió en Suiza. Un documento extenso, plagado de opciones, superposiciones y, en algunos casos, de elementos contradictorios.

Un resumen de los últimos cinco años

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) se firmó en 1992 en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro y durante todos estos años las negociaciones, en mayor o menor medida, siempre mostraron un proceso problemático, sin embargo, los (no) resultados de la Conferencia de Copenhague del 2009 fueron los que marcaron el rumbo de los últimos años.

En esa Conferencia de las Partes (COP 15) quedó en evidencia, no sólo la falta de transparencia en las negociaciones, sino que mostró el comportamiento mezquino, irresponsable y necio de muchos países que, con una visión cortoplacista, siguieron anteponiendo las políticas basadas en el mercado, al bien común.

Con los ecos del fracaso de Copenhague donde los países no pudieron acordar un nuevo régimen para estabilizar la temperatura del planeta y después de las tibias señales de la COP 16 de Cancún (2010), en diciembre de 2011, en Durban, Sudáfrica, los negociadores de la COP 17 decidieron darse un tiempo y convinieron postergar la firma del nuevo acuerdo hasta fines del 2015, para que entre en vigor a partir del 2020.

Con el primer protocolo vinculante a punto de concluir (Protocolo de Kyoto) y sin la certeza de su renovación o prórroga, las partes (países) establecieron en Sudáfrica un período de 9 años para “ir consensuando el nuevo acuerdo” y, de paso, decidieron que en este nuevo acuerdo, instrumento o protocolo, tanto los países desarrollados, como los en vías de desarrollo, deberían comprometerse a llevar adelante acciones de mitigación, es decir, reducir sus emisiones de gases efecto invernadero (GEIs).

Mientras un grupo de trabajo seguía negociando contra-reloj para encontrar un instrumento que reemplace al Protocolo de Kyoto -que vencía el 31/12/2012- es decir en apenas un año- y evitar un vacío entre 2012 y 2020, la Convención formalizó otro grupo ad-hoc para llevar adelante las tareas de conformar el nuevo acuerdo. Así nació el “Grupo de Trabajo Especial sobre la Plataforma de Durban para una Acción Mejorada” (ADP).

Paradójicamente, a dos años del fiasco de la COP 15 se oficializó la solución Copenhague “Todos Adentro” (Todos los países deben reducir emisiones) que muchos habían rechazado en Dinamarca, sin embargo, el optimismo duró muy poco porque, más allá de la retórica y las buenas intenciones, enfrentar al Cambio Climático implica también la necesidad de adaptarse a los efectos adversos que esta generando y generará en el futuro y para ello se requieren fondos, transferencias de tecnologías y construcción de capacidades, entre otras cuestiones, las cuales, si bien habían sido formalmente comprometidas por los países desarrollados al momento de la firma de la Convención en 1992, en la práctica y a pesar de haberse creado mecanismos en instituciones en el seno de la COP para llevarlos adelante, seguían siendo temas que avanzaban muy lentamente.

En este escenario, donde se planteaban nuevas obligaciones para los países en vías de desarrollo, las cuestiones vinculadas a asegurarles a esos países los recursos para llevar adelante dichos compromisos seguían sin definirse y al mismo tiempo, los países desarrollados, redoblando la apuesta, comenzaron a plantear la necesidad de reinterpretar los principios mismos de la Convención, especialmente en lo concerniente al concepto de responsabilidades históricas, comunes pero diferenciadas…

Mientras en el seno del G77+China1 las diferencias entre los grupos de países se hacían cada vez más notorias: BASIC, la Alianza del Pacífico, ALBA, Mercosur, en el bloque de los desarrollados también había problemas.

En Doha 2012 (COP 18), Canadá, Rusia, Japón y Nueva Zelandia no firmaban la prórroga del Protocolo de Kyoto, EEUU (que nunca firmó ni el original) abiertamente dificultaba el consenso para la toma de cualquier decisión, que no contemplara obligaciones legales de mitigación de emisiones para las economías emergentes y operaba dentro del PK en esa línea, valiéndose de sus aliados desarrollados (Canadá, Australia, Japón) y subdesarrollados (México, Colombia, Chile, Perú, entre otros). Muchos de los países en desarrollo reclamaban que se cumplan los principios de la convención, especialmente los referentes al reconocimiento de las responsabilidades históricas comunes pero diferenciadas y la Unión Europea les reprochaba a todos que era la única que estaba haciendo el esfuerzo por evitar el fracaso de la Convención y Kyoto.

Los países llegaron a Varsovia en 2013 con una prórroga del Protocolo de Kyoto devaluado que incluyó sólo alrededor del 18% de las emisiones del mundo y la presión del lobby de las empresas en la “Cumbre del Carbón” organizada a pocas cuadras de la COP. Los “compromisos de reducción de emisiones” que todos habían aplaudido en Durban devinieron en “contribuciones”. Nacían así las “Contribuciones Previstas y Determinadas a Nivel Nacional (INDC por sus siglas en inglés) y en el “apuro” se eliminaban y minimizaban varios de los progresos que se habían logrado con relación a las cuestiones sociales. Una vez más, los negociadores se enfocaban en la termodinámica, los mecanismos de mercado y otras cuestiones técnicas, aislando la problemática del Cambio Climático del contexto social en el que se desarrolla.

En esa línea, conceptos como la “Transición Justa y Trabajo Decente2” que los trabajadores pudimos incorporar en las decisiones de la COP de Cancún ya no aparecían en el texto de negociación, las cuestiones ligadas al financiamiento seguían siendo sólo intenciones porque la preocupación pasaba por “Los Números” (contribuciones de reducción de emisiones). Teniendo en cuenta estos retrocesos, en señal de protesta, los observadores de la sociedad civil (Sindicatos, ONG´s) abandonamos la COP de Varsovia dos días antes del cierre.

El tiempo pasa rápido y en 2014 (a sólo un año del vencimiento del plazo puesto en Durban para a firma del futuro acuerdo) con el impulso de la Cumbre Climática organizada por la ONU en Nueva York (septiembre), la presión de las 400.000 personas que salieron a la calle en esa ciudad y otros tantos que, en distintas ciudades del mundo exigieron justicia climática, con el telón de fondo del anuncio realizado por China y EEUU3 respecto a la toma de medidas nacionales para hacer frente al cambio climático y la presión local de la “Cumbre de los Pueblos frente al Cambio Climático” organizada por los movimientos sociales y sindicatos, la COP 20 de Lima prometía arribar a algún resultado concreto, al menos, un “borrador avanzado” del futuro acuerdo que facilitara el trabajo de París.

No fue así. Casi con dos días de retraso, disfrazado con otro pomposo nombre, con el denominado “Llamado de Lima para la Acción Climática”, la CMNUCC decidió tirar nuevamente la pelota hacia delante. Se acordó que los países presentarían sus “Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional” (INDC por sus siglas en inglés) durante el primer semestre de 2015 (luego sería varias veces prorrogado) y se llamó a una nueva reunión de las Partes en Ginebra, para el mes de febrero de 2015, donde se delinearía el cronograma de reuniones previas a París.

La reunión de Ginebra apenas 2 meses de concluida da COP de Lima generó el borrador que se continúa negociando aún. Un texto extenso que, si bien contiene los puntos de vista de los 196 países que conforman la CMNUCC, necesariamente debe ser compilado en un documento más reducido.

Faltando menos de 6 meses para París y extensas negociaciones el borrador del texto del futuro acuerdo sólo se redujo en cinco páginas con relación al original consensuado en febrero, quedando la sensación que todas las decisiones difíciles se postergaron para las próximas sesiones de negociación del ADP.

¿Qué podemos esperar?

Tote-cambio-climatico-002Con los antecedentes de los resultados de Bonn, las continuas dilaciones de la Convención, especialmente de los últimos 5 años y teniendo en cuenta que cualquiera sea el contenido del futuro documento que se firme en París, recién será puesto en vigencia a partir de 2020, todo parecería indicar que será difícil acordar un texto ambicioso a tiempo, sin embargo, muchos de los negociadores son optimistas, porque en estos últimos días en Alemania se produjeron algunos avances. Los países tuvieron posiciones más abiertas al diálogo y gracias al apoyo de algunas de las partes, varias de las cuestiones sociales y relativas al mundo del trabajo que habían sido reincorporadas en Ginebra, continuaron siendo parte en los borradores del nuevo texto.

No obstante, tampoco puede pasar inadvertido que el alcance, definición y obligatoriedad de las denominadas INDCs (contribuciones/compromisos/acciones) siguen siendo un aspecto central en esta etapa de las negociaciones, porque la suma de todas las contribuciones que presenten los países permitirán determinar, si podremos en un futuro cercano estabilizar la temperatura media de la Tierra en un valor compatible con nuestra civilización, o si por el contrario, nos encaminamos hacia un mundo más desigual y más hostil para los que menos tienen, los más vulnerables.

En general, todos esperamos que en París las 196 Partes (Países) que conforman la CMNUCC firmen un acuerdo ambicioso basado en sus Contribuciones Previstas y Determinadas a Nivel Nacional, sin embargo está claro que el proceso no termina allí.

La mayoría de los países en desarrollo han dejado claro que el alcance de sus contribuciones está condicionado a la recepción de financiamiento, mientras que varios de los desarrollados han reducido sus promesas de mitigación, con relación a lo comprometido en Copenhague en el 2009 (Por ejemplo Japón) o las condicionan a la ambición del resto, por lo cual, es de esperarse que, aunque se firme el acuerdo de París, muy probablemente, no sólo seguiremos discutiendo su implementación por varios años más, sino que se deberá seguir negociando y aumentar el nivel de ambición de las contribuciones, porque con las tendencias actuales, estamos lejos de poder cumplir con el objetivo de estabilizar la temperatura media de la Tierra y evitar interferencias peligrosas con el Sistema Climático.

¿Cómo seguimos?

A más de 20 años de la firma de la Convención, seguimos presenciando un ritual de desencuentros donde, por un lado, la ciencia demuestra con evidencias cada vez más claras la responsabilidad del hombre con relación al cambio climático y el aumento de la variabilidad climática y por el otro, distintos grupos de países tratan de sobrellevar la situación, con algo de retórica y un sin fin reuniones cuyos resultados tienen como denominador común, posponer lo urgente, haciéndole creer al mundo que se toman decisiones importantes.

Mientras muchos de los líderes de los países avanzados se rasgan las vestiduras como consecuencia de la crisis climática, utilizan el ámbito de la CMNUCC para diluir sus responsabilidades mediante la generalización de la culpa y centran las posibles soluciones a la crisis climática en medidas meramente paliativas que no atacan el verdadero origen de esta problemática, por el otro lado, los países en vías de desarrollo seguimos reclamándoles a los países más adelantados el cumplimiento de sus compromisos, la transferencias de tecnología y financiamiento para desarrollarnos y hacer frente al cambio climático, mientras la mayoría caemos en la trampa de perseguir un modelo de desarrollo que no dista del que pusieron en práctica los países del norte y que llevó al mundo al actual estado.

Estamos en una espiral donde las crisis desatadas por el capitalismo tratan de ser solucionadas implantando medidas basadas en el mismo sistema que originó las crisis y que no hacen otra cosa que exacerbar las desigualdades, permitiendo que los más poderosos acumulen cada vez más poder.

Por eso, cada vez es más evidente que sin la presión de las personas y las instituciones, los políticos y los grandes grupos económicos que los protegen, no van a tomar ningún tipo de medida que signifique acotar sus privilegios.

La presión se ejerce con participación y movilización, sin embargo, estas dos cuestiones no podrán lograrse si no internalizamos el Cambio Climático en nuestra vida diaria y no nos percatamos que ese modelo que criticamos, en muchos casos lo reprodujimos puertas adentro de nuestros países y comunidades.

El Cambio Climático no es un tema que tienen que abordar sólo los especialistas. Enfrentarlo supone cambios profundos en nuestra forma de producir y consumir, en la forma que afrontaremos el futuro como comunidad, país y región. Requiere de decisiones colectivas que van más allá de los plazos electorales y que involucran a las futuras generaciones, por eso, no podemos dejar que las decisiones las tomen otros.

Pero ¿qué decisiones? Esa es la cuestión. Hay que juntarse, plantearlas y discutirlas entre todos.

Como decía Eduardo Galeano, “Actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.»

Joaquin Turco, Secretaría de Relaciones Internacionales

* Equipo de Comunicación de la Secretaría de Relaciones Internacionales de la CTA

 

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