Tener el cuerpo

Tener el cuerpo

1187250h430En estos días Ada Morales salió a aclarar que no habrá marcha el 8 de setiembre. Ese día, 25 años atrás, el cuerpo de María Soledad Morales se volvía un triste ícono del ensañamiento del poder con el cuerpo de las pibas de las barriadas.

* Por Silvana Melo. Periodista, Agencia de Noticias Pelota de Trapo (APE)

El omnipoder feudal, una impenetrable estructura de clientes y patrones, desarrolla casi con naturalidad una práctica lúdica –pero también constitutiva- de poseerlo todo: la vida, la muerte, el plan, el futuro y el cuerpo.

El cuerpo en una suerte de colonización completa, de bandera plantada en el pecho para que se sepa quién es el amo. Y sus descendencias.

Y para que el pobrerío tenga en claro que jamás podrá ser parte de la terraza de los privilegios. Porque si logran escalar, apenas serán juguetes en las manos del que manda. Y así bajarán después, a su propio precipicio. La cabeza en el pavimento. O el cuerpo estragado en su sexo y en su rostro, desnudo y sin cabellos a la vera de la ruta.

Ese fue el destino de María Soledad, Catamarca, 1990.

De Leyla Nazar y Patricia Villalba, Santiago del Estero, 2003.

De Paulina Lebbos, Tucumán, 2006.

María Soledad

María Soledad supo cargarse en sus pequeños hombros de 17 años a una dinastía: su sacrificio terminó con la familia Saadi y la provincia escriturada a su nombre. Eran los inicios de la demolición de los fundamentos de un país que todavía quedaban en pie. Su madre aún guarda su cuarto tal cual estaba cuando María salió el 8 de setiembre para ir a bailar. Y para verse con Luis Tula, un amor destemplado y vil, que terminó condenado por entregarla.

Ada y Elías Morales nunca tuvieron precio. Rechazaron cargos y dineros. Viven de una jubilación escasa. Bajo la gobernación de Lucía Corpacci, prima del ex gobernador Ramón (caído por el peso del cuerpo de María Soledad sobre la historia) y “orgullosa de ser Saadi”.

Fue el 10 de setiembre de 1990 cuando el cuerpo de María Soledad cayó pesadamente sobre el poder. El jefe de la policía catamarqueña se llamaba Miguel Ángel Ferreyra. Y decía, ese mismo día, mientras intentaba ocultar el asunto debajo de todas las alfombras vigentes: “El crimen será esclarecido sin ninguna duda en las próximas horas”. Y se animó a un consejo para Ada y Elías, todavía paralizados por el horror: «Les pido que tengan un mayor control sobre sus hijos. Deben saber quiénes son sus amigos y compañeros. Conocer los lugares a los que concurren y no dejarlos a la deriva. Es fundamental para su seguridad». Es cierto. Ada y Elías olvidaron decirle que se debía cuidar de los propietarios de la Provincia. Que el peligro estaba, justamente, en la impunidad y en la omnipotencia.

Leyla y Patricia

Leyla Nazar (22 años) cercenó con su martirio el poder que sometió a Santiago del Estero durante gran parte del siglo XX. Carlos y Nina Juárez se alternaban la gobernación y ejercían un poder absoluto. Donde a nadie podía pasársele por la cabeza disentir.

Leyla fue violada y asesinada en una fiesta típica de los hijos del poder feudal. Un mes después, Patricia Villalba sería víctima del mismo horror: había comentado que sabía cómo había muerto Leyla. Y ese comentario incluía el nombre de Antonio Musa Azar, hijo del jefe de policía de los Juárez y represor durante la dictadura. Los huesos de Patrilla Villalba fueron encontrados en las jaulas de las fieras de su zoológico personal.

Trece años después del estallido catamarqueño en manos de una adolescente cuyo cuerpo en ruinas se volvió tormenta, Santiago del Estero se sacudió la siesta y se sacó de encima la dictadura tropical juarista.

Los rostros de María Soledad, Leyla y Patricia son la prehistoria de una lucha en la que el poder tortura y asesina pero también se derrumba. En tiempos en que la violencia contra las mujeres se vuelve un doloroso debate social, familiar y legal, las tres chicas desnudan el ejercicio de la propiedad sobre los sometidos que, cuando son mujeres, se suma la posesión del cuerpo como un derecho hereditario y permanente.

Favores

El sociólogo Javier Auyero, durante su trabajo de campo para escribir sobre las cadenas de violencia en el conurbano, observó entre las nenas y adolescentes de Ingeniero Budge un rechazo, que a la vez era naturalidad, ante la obligación de pagar favores a la policía con prácticas sexuales.

“El Estado es cómplice en la perpetuación de esta amenaza. Poco se ha discutido –porque la persistencia de la dominación masculina en las discusiones públicas hace que de esas cosas no se hable– sobre la existencia de lo que varios vecinos describen como la “policía petera” –agentes policiales que demandan actos sexuales de las adolescentes pobres”, dice Auyero. Y se pregunta cómo van a recurrir estas chicas a la autoridad para denunciar violaciones. Si el que las violenta es el propio Estado.

“Hay una victimización que la policía hace sin distinción de género, pero hay una victimización que es doble, en donde se agrega un plus que sí es una cuestión de género, porque el policía no sólo viola la ley para cometer delitos sino que también viola a la mujer. La violación es simbólica y física”, dice la socióloga Alejandra Vallespir.

Ana María Fernández, psicóloga e investigadora de género en la UBA, analizó para Las 12 (Página 12, 27 de junio de 2013): “Para que sucedan estos crímenes tiene que haber un sistema de Justicia, de relaciones políticas que garantice a los asesinos que no les va a costar matar a alguien detrás de esas fiestas. Y un terrorismo de Estado que encubra estos delitos. No es casual que sean mujeres pobres esas personas a las que se puede matar sin costos”.

Paulina

Dieciséis años después de la bisagra catamarqueña apareció Paulina Lebbos (24 años), a la vera de la ruta 341; había sido violada y torturada. El horror salpicó al poder tucumano, renunciaron funcionarios y las esquirlas tocaron a un hijo de José Alperovich. Pero ante la imposibilidad de realizar un ADN –los cabellos encontrados en el cuerpo de Paulina estaban en un pésimo estado de conservación- no hay pruebas que lo señalen.

El gobernador y su esposa, Beatriz Rojkés, dominan la Corte, el Congreso, varios medios de comunicación. Son, además, poderosos empresarios. El cuerpo de Paulina no pudo convertirse en ícono. Ni agrietó el poder del matrimonio. Alperovich fue lo suficientemente hábil como para frenar la nacionalización del crimen. La justicia le cierra la puerta en la cara al padre de Paulina. Que deambula por la provincia y por la capital y por todos aquellos caminos donde alguien lo escuche, con la foto de su hija. Para que no se la vuelvan a matar.

A las pibas estragadas por el poder no les perdonan las mismas cosas que a los pibes. Ser descarte, intentar irrumpir en un escenario que no les pertenece, resistirse al sometimiento natural del poderoso sobre su propiedad. Pero a ellas, además, les desfiguran el cuerpo, se lo tronchan, lo profanan para que todo el mundo sepa. Al final lo escrituran con sangre a su nombre. Y lo desaparecen. Para que a nadie le queden dudas.

Intocable

En estos días se recontarán los votos para determinar si Miguel Del Sel se convertirá en el gobernador de Santa Fe. La nueva política, en manos de un cómico vulgar, habla con trabajadores en un spot de campaña y les dice “¿qué más quieren, que además de pagar el asado, venga con putas?”. O “se duplicaron o triplicaron los embarazos de chinitas de 12 o 13 años, para cobrar esa platita (la asignación universal)”.

Esa esa misma violencia. Porque también se habla del cuerpo. De poseerlo. De utilizarlo. De convertirlo en un objeto inerte para manejo del poder.

Ada Morales acumula 25 años de ausencia atroz sobre su rostro. Y habla con la misma sencillez cansina de calle de tierra, donde por la ventana se abre hacia el duraznero y el paraíso. Todavía espera una señal de María Soledad. Que ya tendría 42 años. Y por la que no habrá marcha de silencio el 8 de setiembre.

Un mes y medio antes de las elecciones de octubre teme que se la vuelvan a robar. Que se le apropien otra vez de un cuerpo que ahora es memoria potente. Intocable.

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