Herencia, matrimonio, familia y maternidad (Parte II): Una relación que esencialmente se mantiene

Herencia, matrimonio, familia y maternidad (Parte II): Una relación que esencialmente se mantiene

feminismo* por Ester Kandel, Escritora. Egresada de la carrera de Ciencias de la Educación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

Retomando el tema desarrollado en la primera parte en la que decíamos que en sus orígenes la herencia, el matrimonio, la familia y la maternidad surgieron en forma interconectadas, con roles y funciones prescriptas. Los usos, costumbres y las legislaciones fueron ordenando deberes y derechos que en su práctica cotidiana fueron motivos de innumerables conflictos y en general presentados en forma disociada uno de otro.

En el estudio La mujer y la sociedad, A. Bebel (1979) analizando el pasado, cita costumbres de distintos pueblos, así como los mandatos religiosos sobre las conductas esperables de las mujeres.

La costumbre del viaje de novios remite al rapto de mujeres, la novia se rapta del hogar. El cambio de anillos, recuerda la sumisión y el encadenamiento de la mujer al hombre. Esa costumbre surgió originariamente en Roma. Como signo de su encadenamiento al hombre, la novia recibía de éste un anillo de hierro. Luego este anillo se confeccionó en oro y no fue sino hasta mucho más tarde cuando se introdujo el cambio recíproco de anillos como signo de mutua vinculación.

Las religiones

Para la mujer judía el matrimonio era un deber y el padre decidía quién iba a ser el padre. El Talmud aconseja lo siguiente: “cuando tu hija alcance la edad casadera, regálale la libertad a uno de tus esclavos y cásala con él. “Fructificad y multiplicaos” decía uno de los mandamientos. La vida íntima de la familia burguesa tiene un antecedente en la unidad que tenía las familias judías frente a la persecución de los romanos. (1)

La oposición a los romanos la encarnó Cristo, quien proveniente del judaísmo, siguió sosteniendo el desprecio a las mujeres, aunque estas tuvieron esperanzas de la redención de su situación. Estas ideas fueron enunciadas también por los otros predicadores.

Al introducir la Iglesia Católica el culto a María, la colocó en el lugar del culto a las diosas paganas, existentes en los pueblos donde se extendió el cristianismo.

En la Edad Media se consolidó la propiedad de la tierra:

Lo mismo que en Grecia y en Roma, la gens alemana se desmoronó también a causa de la naciente propiedad privada, el desarrollo de los oficios y del comercio y por la mezcla con miembros de tribus y pueblos extranjeros. La gens fue sustituida por la comunidad rural o marca, la organización democrática de campesinos libres que a lo largo de muchos siglos constituyó un sólido baluarte en las luchas contra la nobleza, la Iglesia y los príncipes y que ni siquiera desapareció por completo después de hacerse con el poder el Estado feudal y convertir en masa a los campesinos antes libres en siervos de la gleba y vasallos.

El señor disponía casi de un modo ilimitado de sus siervos y vasallos. Tenía el derecho de obligar a casarse a todo joven que alcanzase la edad de dieciocho años y a toda muchacha que hubiese cumplido catorce. En calidad de señor de sus súbditos creía disponer del aprovechamiento sexual de sus siervos y vasallos femeninos, poder que se manifestaba en el jus primae noctis (derecho de la primera noche o derecho de pernada). (2) Si lo rehusaba pagaba en especie o en dinero. El administrador tenía los mismos derechos.

El interés del señor feudal de obligar a casarse a sus vasallos era económico porque los hijos de estos pasaban a formar parte de la fuerza de trabajo y se elevaban sus ingresos.

Con el surgimiento de las ciudades, desde el siglo XI, se producían casamientos, fomentados para aumentar la población. Allí convergían los campesinos, siervos y vasallos fugitivos, aunque eran resistidos por los artesanos. Como consecuencia de esta situación y de las disputas bélicas se fue formando un numeroso lumpen-proletariado masculino y femenino.

Multitudes de mujeres recorría los caminos haciendo de prestidigitadoras, cantoras, artistas en compañía de estudiantes y clérigos ambulantes e inundaban las ferias y mercadas. Con el fin de contrarrestar la miseria de estas mujeres desamparadas, se fundaron en muchas ciudades, desde mediados del siglo XIII, las llamadas instituciones de beguinas, sometidas a la administración de la ciudad. También existían las persecuciones a las prostitutas emanadas de los mismos hombres que mantenían la prostitución con sus exigencias y su dinero.

Desde el siglo XVI, debido a la situación económica, motivó una legislación cada vez más rígida del matrimonio. A los oficiales artesanos y personas en servicio (criados/as) se les prohibió generalmente el matrimonio, a no ser que pudieran demostrar que no había ningún peligro para la comunidad a las que pertenecían, de ser una carga con sus familias futuras.

En síntesis, el miedo a la superpoblación dominaba los ánimos y para reducir el número de mendigos y vagabundos, se promulgaba, para todo el país, un decreto tras otro, a cada cual más duro.

Según A. Kollontai marca una diferencia entre la moralidad sexual feudal y la nueva burguesía:

La moralidad sexual del mundo feudal se había desarrollado a partir de las profundidades de la “forma de la vida Tribal”: la economía colectiva y el liderazgo autoritario tribal que reprimía la voluntad individual de cada miembro. El viejo código moral chocaba con el nuevo código moral de principios opuestos que imponía la clase burguesa en ascenso. La moral sexual de la nueva burguesía estaba basada en principios radicalmente opuestos a los principios morales más esenciales del código feudal. El estricto individualismo y la exclusividad y el aislamiento de la “familia nuclear” sustituyen al énfasis en el “trabajo colectivo” que fue característico de la estructura económica tanto local como regional de la vida ancestral. Los últimos vestigios de ideas comunales propias, hasta cierto punto, de todas las formas de vida tribal fueron barridos por el principio de “competencia” bajo el capitalismo, por los principios triunfantes del individualismo y de la propiedad privada individ ualizada, aislada.

El desarrollo de la manufactura llevó a las mujeres a ubicarse en otro lugar de la producción. En la empresas doméstica o fabril de lienzo, en la hilandería de lana y en la tejeduría, en el tundido (3) de paños.

Este desarrollo económico requería más personas y como la población se había reducido mucho en las guerras de conquista del siglo XVI, XVII y XVIII en Europa y allende el mar, los gobiernos más progresistas se vieron ante la necesidad de facilitar los matrimonios y los asentamientos, estableciendo requisitos para los mismos, como la de disponer una fortuna determinada o de ingresos seguros. La imposición de los requisitos dio lugar a muchas transgresiones, como relaciones de concubinato y de hijos ilegítimos.

Los casamientos se efectuaban únicamente dentro del mismo círculo social. Con este espíritu se educaba a las hijas. Las mujeres casadas de la burguesía vivían en riguroso retiro doméstico, realizando trabajos de ama de casa que incluía la confección de su ropa, hilar y tejer hasta hacer jabón y velas.

Aunque esos tiempos quedaron atrás por el avance de la industria y el comercio, lo que perdura son las tareas domésticas y crianza de hijos/as.

En el matrimonio conyugal confluyen la producción y la reproducción y la monogamia de las mujeres. Estas quedan ubicadas en un lugar de subordinación, garantizando la filiación masculina y garantizando la herencia a los descendientes.

Los rasgos fundamentales del matrimonio eran regidos por la idea de posesión física en el contexto de la propiedad privada:

La moralidad burguesa, con su familia individualista encerrada en sí misma basada completamente en la propiedad privada, ha cultivado con esmero la idea de que un compañero debería “poseer” completamente al otro. La burguesía ha logrado a la perfección la inoculación de esta idea en la psicología humana. El concepto de propiedad dentro del matrimonio va hoy día mucho más allá que el concepto de la propiedad en las relaciones sexuales del código aristocrático. (…) la idea de la posesión de la mujer por el marido —no se extendía más allá de la posesión física. La esposa estaba obligada a guardar al marido fidelidad física, pero su alma no le pertenecía en absoluto. op. cit.

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La maternidad

El derecho a la maternidad convertido en una obligación, considerándolo, equivocadamente un instinto, fue el centro de la vida de millones de mujeres, acompañadas luego por el sufrimiento por relaciones sexuales forzadas e innumerables abortos y muertes durante el parto.

El control médico que ser inicia desde el siglo XVIII y se impone durante el siglo XIX, “sueña con transformar el embarazo en una escena controlada”. Yvonne Knibiehler (1990) señala que el acceso al profesional era un signo de buena posición económica, las parturientas más modestas acuden a las comadronas, (4) mientras que las muy pobres van al hospital.

“La combinación de la anestesia, la asepsia y los progresos en materia de sutura permiten una cirugía audaz: en el umbral del siglo XX, la cesárea se convierte en una práctica corriente.

Las condiciones de vida impuesta a las mujeres con embarazos y partos reiterados dejaban mella en su cuerpo, la tuberculosis, el raquitismo y cuadros nerviosos:

La medicina de la Ilustración presenta las etapas de la vida femenina como otras tantas crisis temibles, incluso independientemente de toda patología. (…) Todas las estadísticas muestran que en el siglo XIX, las mujeres padecen una morbilidad y una mortalidad superiores a las de los hombres. (5)

Uno de los cuadros que presentaban las mujeres era la “frigidez”, la falta de apetito sexual. Muchas explicaciones giraban alrededor del tema, por ejemplo la del médico William Acton, quien afirmaba que la sexualidad femenina se llena con la procreación y la vida doméstica. Las diversas recomendaciones, concebían que el goce femenino no fuera necesario para la fecundación, siendo las tareas maternales y domésticas las principales.

Primaba la lógica patriarcal, en la que la mujer se sometía pasivamente al “deber conyugal”, aunque muchas mujeres se negaban (6). Las técnicas anticonceptivas (7) no estaban difundidas y el coitus interruptus era el que predominaba. El aborto era una práctica común y especialmente popular.

La autora citada, consigna: a pesar de su antigüedad, el aborto cambia de carácter y de significado en razón de los progresos técnicos y en la medida en que intervienen los hombres. (…) La reacción que se desencadena a finales del siglo asombra por su amplitud y por su vigor: eleva el aborto a la categoría de problema político de primer orden. (8) (…) Después de toda guerra ¡la vida es sagrada! Entonces por doquier se da la tendencia a asimilar el aborto al infanticidio: el feto e incluso el embrión, se convierten en seres humanos completos. Esto es lo que siempre enseñó la doctrina cristiana. Pero todo sucede como si la sociedad profana laicizara de golpe esa revelación, o como si por primera vez decidiera enfrentar todas sus consecuencias.

La mujer y el lactante

Varias preguntas recorren en las sociedades: ¿la madre que amamanta ¿es una hembra o una madre? ¿Qué parte del instinto animal y qué parte de sentimiento humano hay en su comportamiento?

La novedad que aporta el siglo XIX es el surgimiento de la nodriza in situ, que va a vivir en la casa de los progenitores.

¿Quién es la nodriza?: es una mujer pobre que abandona a su familia y sobre todo a su propio lactante, que otra mujer trata de criar. Previamente un médico la controla (senos, degustación de la leche y hasta se desaconseja relaciones sexuales con su marido). Es tratada como una vaca lechera. Si pierde esa cualidad era despedida. También existían las nodrizas mercenarias para los niños abandonados y para aquellos cuyas madres se ven forzadas a trabajar. Es sobre todo en los medios campesinos donde tiene lugar, a finales del siglo la doble revolución de la crianza infantil: el triunfo del biberón y el control médico. (9)

Paralelamente a esta forma de vida, se hacen cada vez más visibles los hijos ilegítimos, se acrecienta la tasa de nacimientos y con ello el infanticidio, el aborto, el abandono o la decisión de muchas mujeres solteras por la crianza.

La incorporación al trabajo fabril, le abrió un campo de experiencia y de lucha contra la explotación, (10) por una jornada laboral acotada a ocho horas, contra el trabajo infantil, contra el trabajo nocturno y contra la prostitución, por el reconocimiento del trabajo de las criadas y por igual trabajo por igual salario. Es por eso que su salida del estrecho ámbito doméstico fue considerada un progreso.

Asesorados por los economistas políticos fundamentaban el perfil del trabajo femenino (11) como suplementario y poco calificado y por ende su remuneración debía ser menor.

El trabajo pasó a ser reconocido socialmente, a diferencia del trabajo doméstico que sólo servía a su propia familia y no era considerado por el ingreso nacional, ya que se calcula por el ingreso global de la misma.

En la actualidad existe discordancia entre los enunciados: “igual trabajo por igual salario”, del Convenio Colectivo de Trabajo, la Ley de Contrato de Trabajo y las Convenciones Internacionales a las cuales el país ha adherido, y el trabajo de la vida cotidiana.

Las relaciones género-clase palpitan diariamente. Los roles instituidos para la mujer y el varón no se han modificado suficientemente para que desaparezca esta contradicción en el seno del campo laboral: la división técnica del trabajo y las relaciones de género en el interior de las organizaciones productivas son un reflejo de las relaciones sociales. Persiste la caracterización que hemos realizado sobre la inserción de la mujer en la producción en la sociedad capitalista, es requerida por sus habilidades manuales y por otro retribuida con salarios inferiores. Esta incorporación tuvo lugar en el marco de una lucha permanente, principalmente por la cuestión de la doble jornada y el cuidado de los niños/as.

La discriminación de la mujer se inicia desde el momento de admisión en la empresa, ya que los perfiles de casada o soltera, de madre, tienen peso para su ingreso.

Continúa la lucha por el reconocimiento de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo y evitar la muerte por aborto clandestino, contra la violencia doméstica y la trata de personas.

Síntesis

Los avatares de la institución matrimonial y el lugar de las mujeres, siempre estuvieron unidos al desarrollo de las sociedades. La subordinación de la mujer era parte de la organización económica y social.

Se observan varias modalidades impuestas a la institución del matrimonio, todos ellos organizados bajo la idea de posesión y basados en la desigualdad de derechos:

– la obligación a casarse a determinada edad;

– el control y prohibición del matrimonio;

– la promoción del mismo para asegurar mano de obra, estableciendo requisitos para el mismo.

De igual modo se observa en los preceptos para la maternidad y la lactancia y especialmente para las mujeres pobres.

El matrimonio, según Federico Engels, “la gran derrota histórica del sexo femenino (…) no entra en la historia como la reconciliación del hombre y la mujer y mucho menos aún, como forma suprema del matrimonio. Por el contrario aparece como el sometimiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto de los dos sexos, desconocido hasta entonces en toda la prehistoria.

Se instaló un conflicto que brota cotidianamente con resoluciones parciales y diversas según a la clase que se pertenezca. Matrimonio y maternidad iban juntos, con exigencias de apetito sexual y fidelidad.

Las desigualdades en la familia se dan en un contexto de una sociedad desigual, en las que las políticas públicas difieren entre los discursos y las prácticas, dejando a la mayoría de las trabajadoras ocupadas, semi o desocupadas en una verdadera desprotección de vivienda, salud, educación y cuidados en la crianza de sus hijos/as.

La muerte de mujeres por aborto clandestino y la desigualdad salarial entre varones y mujeres que coexiste con otras situaciones irresueltas, como la doble jornada laboral y la falta de políticas públicas para la crianza de la primera infancia, son algunos de los indicadores de esta sociedad desigual, que están en consonancia con las estrategias del capital, la ganancia y la competitividad, leitmotiv desde su inicio y motor de su desarrollo.

Una responsabilidad social y la reproducción del modelo

La reposición de la fuerza de trabajo estuvo presente desde el inicio del sistema capitalista. En esa época la mayoría de la fuerza laboral era masculina y las mujeres, cumpliendo con el rol que se les había asignado, considerado como un don natural, realizaban la tarea doméstica. Cuando las mujeres se incorporación al trabajo industrial y comercial la realizó cumpliendo la doble jornada laboral.

A pesar de los innumerables cambios culturales y tecnológicos, las mujeres continúan siendo, mayoritariamente depositarias de las tareas domésticas y las de cuidado (12). Con acierto en la investigación publicada por ELA (2012) se señala:

También hay un componente ideológico y moral. Existen formas de cuidado que son valoradas en determinados momentos por la sociedad y que representan “modelos” de buenas prácticas de cuidado. Estos modelos están determinados histórica y socialmente: cambian a lo largo del tiempo y en distintas sociedades. Asimismo, son reforzados a través de un conjunto de instituciones y normas sociales. Por ejemplo las recomendaciones de médicos pediatras en relación con el cuidado de los hijos o el momento que se considera adecuado que un niño o niña ingresen al sistema educativo.

La práctica social de este rol llevó a la especialización sobre las tareas de cuidado, tal es así que se puede observar que en el ámbito laboral, las que trabajan en oficios y profesiones que implican el cuidado del otro son: empleadas domésticas, maestras, enfermeras, niñeras, etc.

Lo que perdura en esta sociedad burguesa, son las tareas domésticas y crianza de hijos/as, eje de la organización de la familia nuclear, en la que se pueden diferenciar entre quienes realizan la doble jornada de trabajo, las que la realizan como tarea principal y las que la delegan.

La cuestión planteada abrió dos respuestas diferentes, quienes plantean desde sectores académicos, dar respuesta a las “mujeres pobres” a través de alguna acción estatal o replantearse si se puede modificar la familia patriarcal y su cultura.

Sostenemos que debemos pensar en la transformación del movimiento de mujeres por la participación en el logro de mejoras parciales, en un movimiento por la emancipación social.
Ver también:
– Herencia, matrimonio, familia y maternidad (Parte I)
http://www.argenpress.info/2013/10/herencia-matrimonio-familia-y.html

Notas:
1) Tácito odiaba y detestaba a los judíos porque, despreciando la religión de sus padres acumulaban bienes y tesoros. Les llama las “personas peores”, un “pueblo detestable”.
2) El derecho de pernada fue originariamente una costumbre relacionada con los tiempos del derecho materno. Al desaparecer la vieja organización familiar, se conservó al principio la costumbre de entregar la novia en la noche de bodas a los hombres de la comunidad. Tiempo después se restringió hasta pasar al jefe de la tribu o al sacerdote miembro.
3) Cortar o igualar con tijera el pelo de los paños.
4) Las comadronas entran como asalariadas en los hospitales y en las clínicas privadas, donde se encuentran en posición subalterna, a las órdenes de un médico.
5) La opinión corriente y la de muchos médicos achaca la “debilidad” de la “naturaleza femenina” a una “causa biológica que se supone eterna y universal y que amenaza con alimentar un fatalismo insuperable.
6) Los archivos policiales muestran que muchas mujeres del pueblo negaban “el deber” a su marido a riesgo de ser molidas a golpes, pero una de ellas se masturba acostada junto al hombre al que acaba de rechazar. Todas esas mujeres se explican diciendo que quieren evitar el embarazo o más raramente, la sífilis.
7) En la década de 1960 se emplea masivamente las técnicas anticonceptivas.
8) En Estados Unidos, dicha reacción se produce con posterioridad a la guerra civil; en Inglaterra, no deja de tener relación con la dura guerra de los bóers; en Francia, el deseo de revancha sobre los prusianos después de la derrota de 1870 es una causa indirecta.
9) La ley Roussel, del año 1874, organiza el control de las nodrizas por médicos inspectores. En el curso de sus visitas, éstos descubren las condiciones de “crianza” y quedan profundamente impresionados por los prejuicios, ignorancia y la miseria del hábito rural (falta de higiene).
10) Jornadas interminables, excedían las doce horas, bajos salarios, viviendas malsanas, enfermedades y mortali-dad.
11) Kandel, Ester, División sexual del trabajo – Ayer y hoy – Una aproximación al tema, Dunken, 2006.
12) “Cuidar” implica la atención y satisfacción de aquellas necesidades físicas, biológicas, afectivas y emocionales que tienen las personas necesitan de cuidados, aquellas que son dependientes, ya sea por encontrarse en los extremos de la vida (niñez, ancianidad) o por otras razones (enfermedades, discapacidad) requieren de una mayor cantidad de cuidados y/o de cuidados especiales.

Biografía:
– Barrancos, Dora, Mujeres, entre la casa y la plaza, Editorial Sudamericana, 2008.
– Bebel, August, La mujer y la sociedad- Pasado y presente, Ediciones Estudio, Buenos Aires, 1981.
– Durán Ángeles, Hablando de cuidado, cuidadoras y cuidadores, web, noviembre de 2013.
– Engels, Federico, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Editorial Claridad, 1974.
– Knibiehler, Yvonne, Cuerpos y corazones, en Historia de las mujeres -SXIX, Editorias Taurus, 1993.
– Kollontay, Alejandra, Las relaciones sexuales y la lucha de clases, Edición Marxists Internet archive, mayo de 2011.

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